jueves, 22 de julio de 2010

El señor Payaso

Tumbado en la cama descansaba mi cuerpo y mente del duro día que había transcurrido entre estudios y exámenes. La mirada desenfocada miraba a lo infinito de los pensamiento buscando un lugar en blanco en el cual situar un sueño que hiciera de mí un mago capaz de hechizar una doncella con poder suficiente para hacer aliviar un alma sumergida en el sueño de una pesadilla, pero esos pensamientos se volatilizaron como la pólvora al percibir mis ojos , un corte de luz por milésimas de segundos de la lampara que ahora iluminaba mi habitación. Aun tendido cerré los ojos unos momentos, suficientes los cuales para enfocar mis pupilas todo aquella que pudieran percibir aquellos estímulos luminosos. Pasé revista a toda la habitación, y terminado de hacer tan escaso y aburrido reconocimiento bostecé más de cansancio que de monótono y fugaz encuentro con todos aquellos juguetes que desde niño me dieran ilusión. Pero algo de todo ello se me escapó, un algo que más bien podía ser alguien, un alguien que desde siempre e incluso ahora me producía en los momentos como ahora, de mayor flaqueza, miedo al mirarle, parecía que sentía su presencia cuando algo en mi vida me iba mal, un alguien al que siempre le tenía respeto ante todo, un señor que se situaba colgado como todos los demás muñecos, junto a la entrada de la habitación, a mano izquierda, allí se encontraba el peor de mis enemigos y sin embargo el mejor de mis aliados, el Señor Payaso, estaba allí.
Situado de la misma forma en que se castigaran en el oeste a los forajidos, el Señor Payaso, “como yo le llamaba”, imitaba con enorme exactitud a aquellos mencionados pistoleros. Su cuerpo al igual que la de un títere, estaba lacio, sin fuerza y de una fragilidad increíble, en todo caso parecía vulnerable ante cualquier oponente por pocas fuerzas que tuviera. Su cabeza la cubría una gorra deportiva de color rojo que no dejaba ver nada más que unos cabellos blancos como aquellos que nacían de los ancianos de más edad, su chaleco era un tanto curioso, alrededor de media centena de cuadros lo decoraban de colores rojos, blancos y negros que cruzaban de mil maneras el tejido de nuestro amigo. El pantalón era un tanto más oscuro, franjas mayores caían verticalmente por todo lo largo y ancho en colores negro, rojo, verde y blanco, siempre con ese matiz más oscuro al cual me referí antes. Sus zapatos eran normales, de color negro, y un par de números más grande. Otra cosa que me atrajo bastante, fue su saxofón de color aluminio viejo. Un adorno sin importancia, pero ese objeto tan simple era aquel que convertía al Señor Payaso en algo más que un simple muñeco. Sonreí cínicamente, y en verdad, no se por qué lo hice, supongo que para romper por un momento el aburrimiento de un dormitorio pasadas las doce de la noche.
Entre pensamientos y cavilaciones, empecé a quedarme dormido, y antes de que ocurriera, algo golpeó el suelo. Abrí los ojos y agudicé mis sentidos, dándome cuenta al momento de lo que era, la gorra roja del Señor Payaso. No me molesté en cogerla y la dejé allí tirada. Después dirigí la mirada hacia mi “amigo” y allí estaba. Sonreí al ver su nariz, muy roja por cierto, pero graciosa. Al terminar mi pequeña gracia, abrí los ojos y boquiabierto me quedé, dí un respingo y hacia atrás escapé, golpeandome la cabeza con la pared. No sentí dolor alguno ya que la mirada del payaso me estaba atravesando. Sus ojos cambiaron de matiz, del simple y hermoso azul, al rojo rubí de la sangre, sus mejillas seguían infladas, y su sonrisa ocultaba segundas intensiones, derrepente habló.
- Tú, ¿ de quien crees que te ríes ?- pronunció. Su voz sonaba metálica y esa forma de comunicación era la más siniestra de las que existían. - No hablas, ¿ verdad ?, eres un cobarde.

Aun estando colgado de la chincheta aquel muñeco, este se llevó las manos a la nuca y se descolgó, cayendo con velocidad sobre el suelo. Pero no se desparramó por este, sino que se arrodilló y seguidamente se ergio. Sacudiendose las mangas me miró. El miedo en estado puro se apoderó de mí. Me seguía contemplando. Yo no podía decir u hacer nada, tan solo mirar.
- Hace tiempo que no me sacudías, ni me limpiabas. ¡ Qué te he hecho yo para que lleves casi un año sin hacerlo !.- Pronunció amargamente.
Pensé que tenía que decir algo.
- Pues...-
Siguió contemplándome, esas bolitas rojas a modo de ojos eran tan profundas que por un instante vi en él al mismísimo Demonio poseyendo al muñeco, sus manos las movió como lo hacían los pistoleros antes de un duelo, después se crujió los dedos y se acercó a mí. Me sonrió, su risa amargamente cínica dejo ver una perfecta y alineada dentadura, blanca sin igual, con unos pequeñísimos dientes. Después de esto su risa desapareció, me contempló, de nuevo sonrió y sin esperarlo su cabeza giró durante unos segundos. Paró, su cabeza estaba ahora opuesta a mí. Luego sin esperarlo, su cuerpo giró y perfectamente se acopló. De nuevo caminó hacia donde cinco minutos antes se encontraba.
- La próxima vez no te lo diré. El polvo que sobre nosotros esté, algún día será el que provoque tu muerte, serás asfixiado. ¿ Verdad compañeros ?.- Dijo mientras subía por la pared.
- Siiiiiiii.- Pronunciaron casi con un silbido. Todos seguían contemplándome. Sus miradas de maldad y complicidad hacían que el dormitorio fuera un perfecto lugar de tortura. Un golpe seco desvió mi mirada que pasaba revista uno por uno a todos los muñecos, esta se posó sobre el Señor Payaso, me seguía contemplando con más maldad que el mismísimo Señor de los Infiernos.
- Recuerdalo “amo”. Puede que algún día seas tú el muñeco, al mismo que ahogaré con mis manos.
Pronunciando esto último, los ojos se tornaron azules de nuevo, su risa cambió a la que poseía antes de la transformación y así, todo su cuerpo y el de todos los juguetes.
- Te lo prometo, juro por mi honor - levanté la mano - que no habrá día que pase sin que os cuide. Lo digo por todos vosotros.- Sin más me desmayé.

El chirriar de las ventanas del cuarto me hizo despertar, abrí los parpados y observé a mi madre. Esta abrió la ventana y la respectiva persiana, la luz se filtró he hizo que por unos instantes cerrara los ojos, al momento me acostumbré, de nuevo abrí los ojos y contemplé el techo. Preguntándome si sería una pesadilla lo que le ocurrió la noche anterior, bostecé descartando tan macabras suposiciones.
- Hijo, ¿ qué es lo que has hecho esta noche, has pasado miedo ?.- Preguntó con su siempre reconfortable tono de voz.
- Miedo, mama, ¿ por qué ?.
Me extrañé de tan rara pregunta, después como si la inspiración me inundara de súbito, abrí los ojos devorando todo lo que veía, buscando al Señor Payaso primero, luego a los demás. No estaba ninguno, ningún juguete. Segundos después exclamé, y averigüé lo que nunca quise averiguar, posé mi mirada en la cama, la misma que sobre ella más de cuarenta muñecos dormían junto a mi. Miedo, ví el miedo.
Antes de salir corriendo de la habitación creí escuchar en el viento, un ligero silbido.
- Te vigilaaaamosss.